¿Cuánto tiempo tendremos que soportar a Donald Trump?

¿Cuánto tiempo tendremos que soportar a Donald Trump?
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Por: Loris Zanatta para diario La Nación

¿Un solo mandato, o tendremos el placer de duplicarlo? ¿Cuánto daño podrá hacer? ¿Será reparable? La pregunta ronda por la cabeza de muchos de los que vivimos en este mundo convulso. Y volvió a imponerse después de su decisión de sacar a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán. Por caridad, la decisión no es sorprendente: siempre había dicho que quería hacerlo; y no es la más escandalosa: el acuerdo es cuestionable. También es cierto que el mundo está lleno de protagonistas aún más impresentables que él, y que muchos los miman sin vacilar:piensen en Bashar al-Assad, sanguinario como pocos, o en Nicolás Maduro y Venezuela.. Pero Trump es el presidente de la mayor potencia del mundo y eso marca la diferencia. Obvio.

A Trump se le pueden achacar muchas cosas, pero la primera, la que hace discutir más a los expertos, es clara: quiere demoler el orden internacional construido por su propio país después de la segunda guerra mundial. Lo que los teóricos de las relaciones internacionales siempre han llamado "el orden liberal", a él le da asco. este "orden" se basa en tres pilares: la democracia política y las libertades civiles, que para Trump son opcionales; la libertad económica, que considera nefasta y a la que opone el principio del America first y el multilateralismo, la densa red de instituciones internacionales que fomentan la cooperación y tratan de disuadir el conflicto: es una palabra ausente en su vocabulario. Desde el comercio transpacífico hasta los acuerdos climáticos, desde la relación con Europa hasta la gobernanza global, su consigna es: me tiene sin cuidado; somos los más poderosos, hago lo que le conviene a mi pueblo.

Frente a tamaña novedad, se entiende abunden los diagnósticos y pululen los veredictos: el orden liberal está muerto, que descanse en paz, dicen muchos, quién con regocijo, quién llevando luto; el futuro es chino, dicen otros, ansiosos por enterrar lo que siempre odiaron; el orden del futuro ya existe y se llama desorden, sentencian los más cínicos. Capaz que todos tengan un poco de razón, y por lo tanto también se equivoquen un poco: no lo sé; hacer predicciones sobre el futuro del mundo es un poco como discutir el sexo de los ángeles. Inexperto en adivinación, me limito a algunas consideraciones.

La primera es que anunciar la decadencia del orden liberal presupone que ese orden haya llevado a cabo una parábola cuya culminación ya pasó. ¿Será cierto? Es suficiente un poco de memoria histórica para ver que la historia del orden liberal no dibuja una parábola, una curva continua, sino más bien una sucesión de flujos y reflujos, de avances y retrocesos: pareció afirmarse en San Francisco y Bretton Woods, pero la guerra fría lo hizo retroceder; Floreció en Occidente, pero la descolonización y los nacionalismos revolucionarios de los años 60 y 70 le cortaron las ala. Resurgió hasta hacer pensar que "terminara la historia" con la "tercera ola democrática" y el consenso de Washington, y hoy retrocede, como ya retrocedió en el pasado. La historia es dialéctica, o caótica, no un continuum. Aquellos que anuncian el ocaso del orden liberal pueden tener razón. Pero a la luz de la historia, puede ser también que la tenga quién piense que mañana volverá más fuerte que antes. En este caso, la pregunta es otra: ¿cuál será el precio a pagar antes que vuelva a su cauce? En el pasado, siempre ha sido muy alto.

La segunda consideración es más trivial: el orden liberal siempre tuvo muchos críticos, como es normal que sea, y enemigos acérrimos que lucharon contra sus pilares. La principal imputación que le hacían era ser una orden al servicio de Occidente y de Estados Unidos, y opresiva para todos los demás. Esta lectura nunca me convenció: siempre me pareció hija del prejuicio ideológico más que de una evaluación objetiva de la realidad histórica. Hoy estoy aún más convencido de ello al ver a Donald Trump tratar de enterrarlo: ¿por qué, si Estados Unidos son los grandes beneficiarios del orden liberal, de la globalización liberal, de la gobernanza liberal, de repente luchan contra ellos? ¿Por qué los ciudadanos de Estados Unidos votaron por un candidato que promete protegerlos de los efectos de una orden de la que serían los ganadores? ¿Están locos? ¿La decadencia de los imperios se manifiesta a través de un suicidio masivo?Creo que la verdad es otra: la hegemonía de los Estados Unidos en el orden liberal implicaba, como toda hegemonía, muchos honores pero también pesadas cargas; el hegémone suele asumir costos hoy, materiales y simbólicos, a cambio de beneficios futuros. Pero si esto es así, lo que la errática política de Trump nos dice es que los Estados Unidos ya no aceptan cargar esos costos, que creen que la distribución de poderes y riquezas favorecida por el mismo orden liberal ya no los justifica.

La tercera consideración se refiere al futuro: ¿será cierto, como tantos profetizan, que el orden mundial será menos estadounidense y menos liberal? Más: ¿menos liberal precisamente porque menos estadounidense? A primera vista, el razonamiento es impecable: China, la única potencia capaz de equilibrar o reemplazar el poder de los Estados Unidos, no es una potencia liberal. Yo no estaría tan seguro. En primer lugar, el ocaso de los Estados Unidos ha sido anunciado muchas veces, pero no es que su dinamismo económico y tecnológico permita realmente presagiarlo. Me equivocaré, pero mi impresión es que todavía son una potencia en ascenso: como potencia, después de todo, todavía son jóvenes. En segundo lugar, no daría por descontado que un orden en el que Estados Unidos fueran menos poderosos, sería necesariamente menos liberal. De hecho, podría serlo aún más, pero más equilibrado. Hasta la fecha, después de todo, la capacidad del orden liberal para incluir las potencias que lo rechazaban ha sido infinitamente superior a la capacidad de aquellas de erosionarlo. La parábola de China es el mejor ejemplo: más que derribarlo, como quería en el pasado, ahora apunta a reformarlo; y lo mismo vale para muchas potencias emergentes. La atenuación de la hegemonía de Estados Unidos podría ser una bendición para el orden liberal: aliviado de la hipoteca de la potencia hegemónica, que siempre causó tanta polarización, podría exhibir mayor legitimidad de lo que nunca ha disfrutado en el pasado.

Todo esto nos lleva de regreso a Trump: está tratando demoler el orden internacional liberal, pero no creo que lo logre. El mejor anticuerpo es precisamente el sistema institucional de Estados Unidos. Pero es en otro trabajo de demolición donde Trump está logrando mucho más y con mejor éxito: un trabajo aparentemente menos perjudicial, pero más capilar, profundo y duradero, por lo tanto más grave. La explosiva mezcla de tosquedad intelectual y vulgaridad que él representa, de superficialidad y futilidad, causa un daño infinito a la imagen de su país. Y como su país ha sido y sigue siendo, para bien o para mal, el emblema de los valores liberales que se supone que debe reflejar el orden internacional, es sobre ellos que por extensión cae el descrédito causado por él: porque todo se remedia, pero del ridículo no se sale indemne.


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