Un llamado a la solidaridad

viernes, 08 de noviembre de 2019 · 07:00

Por Laura Romboli

 

En los últimos tiempos diferentes propuestas nos abordan cuando llegamos a una esquina. Como siempre es bueno saber que nos espera a la vuelta de la misma, acá te cuento por donde podés pasar… o no, para toparte con ellas.

Veamos la situación: una mañana cualquiera caminando por la city mendocina que -como adolescente- no para de crecer y todo ya le queda  chico. Así está Mendoza ahora,  creciendo pero con las mangas cortas.

Una ciudad cada vez más repleta de gente, autos, bicis (dentro y fuera de las ciclovías) vendedores, amigos del café, largas filas y ruido… mucho ruido. Y en esa urbe que grita aparecen nuevos personajes en las esquinas  que -con todos los flancos controlados- te miden y si venís desprevenido, cuando te das cuenta ya es tarde. Sos su presa.

He aquí una especie de “mapa” con las zonas rojas, para que si te toca -por lo menos- te acuerdes de esta columna.

 

Mitre y Colón

Si tus ganas de ayudar al mundo son irrefrenables, si como Greta estás mirando cada vez más “fiero” al 400 por ese humo de color raro, ve y acepta “regalar un minuto” a la juventud de chalecos verdes que están ahí. No te asustes que por más que se muevan en grupo, solo uno te abordará, calma.

 

Vicente Zapata y San Martín

Si hace mucho tiempo buscás alguna forma de tentación, pues no es en Jesuitas donde la vas a encontrar. La misma resucita enfrente y se prolonga unas cuadras por el Correo. No más. Todo pareciera no tener importancia. Son débilmente cálidas, lo suficiente para que las escuchés casi como un susurro y la frase cala hondo: “Nueces baratamiga!!!” Sin espacios, como una sola oración  difícil de ser indiferente. Como una profecía, terminarás comprando esa bolsa. Solo el tiempo hará que suceda. Nosotros lo sabemos (y ella también).

 

Avda. Las Heras

La no tan larga y no tan ancha avenida es para recorrerla en su plenitud. Acá, el que busca emociones fuertes, las encuentra. Es como visitar el “palacio del placer”. Caminar por Avda. Las Heras es tener, en cada cuadra, a una especie de ángel enviado  que promete con una pequeña lata de crema desprovista de packaging, marketing, campaña publicitaria y todo lo que se nos ocurra, que es milagrosa. Curar nuestros males es la misma aventura. No podemos, por lo menos, no preguntar el precio de ese tesoro. Además, eso será en una mano; con la otra te ofrecerán la siempre útil y requerida antena para el televisor. La misma felicidad completa.

 

En cualquier lugar

Los encontramos en todos lados. Ellos son los  fugitivos del GPS, los insistidores, los que bailan con amabilidad en las veredas. Los que, sospechosamente generosos, te invitan a pasar a desayunar, almorzar o cenar  a su negocio. Los que dejamos hablando solos con un “no graciassss” que, con suerte, podemos balbucear.

No son tiempos fáciles: para ellos captar nuestra atención es vital y para nosotros levantar la mirada del celular es un desafío.

Igual, logramos una agradable convivencia porque mañana, cuando nos toque enfrentar una nueva jornada por la ciudad, tendremos un minuto menos (o más) para regalar, con la bolsa de nueces por la mitad y con la prueba a escondidas (tal vez resulte) de un poco de la crema en las rodillas. Y así salir y fingir que no sabremos que nos encontraremos a la vuelta de la esquina.

Si al fin y al cabo de eso se trata: de vivir y dejar vivir.

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